Diógenes y Trump

Diógenes y Trump
Por Eduardo Antonio Rodriguez Armando 
Imagen propiedad de Eduardo Antonio Rodriguez Armando 

Corría el siglo IV antes de Cristo, y en las polvorientas calles de Corinto, donde los filósofos olían más a queso de cabra añejo que a sabiduría, vivía un hombre extraño, desaliñado y sin filtros: Diógenes de Sinope. Un tipo que vivía cual Chavo del Ocho, en un barril y atendiendo su filosofía de vida; vivir con lo mínimo, despreciar las convenciones sociales y decir lo que pensaba a quien fuera sin importar las consecuencias. Por tanto, Diógenes despreciaba las riquezas, la política, las comodidades... y también la higiene, aparentemente.

Un día se le aparece nada más y nada menos que Alejandro Magno, en aquel entonces el hombre más poderoso del mundo conocido. Alejandro se encuentra frente a frente a este famoso filósofo y le dice: “Diógenes, pídeme lo que quieras”, y Diógenes, que estaba echado al sol como un perro viejo en la acera, ni se levanta. Solo alzó la mirada y le suelta esta frase: “Solo tengo una cosa que pedirle; ¡Apártate, que me tapas el sol!” 

Traigo está anécdota al texto, porque hoy día, el nuevo Alejandro sin duda alguna se llama Donald Trump. El hombre más poderoso del hemisferio (y según Elon Musk, de la galaxia). Y en el mundo occidental, frente a él (o a su lado) está aún la Unión Europea; a saber, nuestro Diógenes moderno; con un conglomerado de países con más comités que sentido común, que se pasan más tiempo debatiendo sobre regulaciones ambientales, y qué queso puede llamarse “brie”; que resolviendo crisis económicas y migratorias.

En este intento de paralelismo, Trump prácticamente lanzó un ultimaum desde su campaña electoral y dice, como Alejandro: “Yo soy la mejor de las soluciones, el socio natural de la Unión Europea siempre que hayan condiciones justas para todos, el mejor trato que van a conseguir. Solo negociemos, paguen su parte y vamos juntos.”
Y la Unión Europea, dentro de su "barril de Diógenes" lleno de tratados ambientalistas, regulaciones anti-inteligencia artificial y cafés sibaritas, y financiando en nombre de la paz una guerra en Ucrania le está respondiendo con un encogimiento de hombros burocrático: “Apártate, que no me dejas ver el medioambiente.

Entiendo que ceder cuando los cambios no favorecen la mayoría de nuestros intereses, es algo incómodo; pero forzar a otros a financiar el egocentrismo de nuestro "ethos" no sólo es incómodo sino injusto. El mundo no se gobierna sólo. Desde milenios atrás, existen zonas de influencia conducidas por el flujo geoestratégico de las relaciones de poder existente; y aquí ni China, ni Medio Oriente son más aliados que USA. 

Europa debe ser flexible sí quiere subsistir, incluso quizás replantearse los intereses sea necesario en un mundo que poco parece atender a cuestiones medioambientales y regulaciones alimentarias. 

Pienso que en el fondo, tanto Diógenes como la Unión Europea son esa conciencia incómoda que dice en nombre de la virtud: “Tu poder no me impresiona”. Aunque a veces uno sospecha que detrás del discurso, ambos solo quieren defender sus egos y que los dejen dormir y en paz… con o sin barril. Y es ese adormecimiento lo que históricamente ha causado la decadencia y derrota de una civilización. 

Cuesta estar del lado de un megalómano, pero negociar con Trump es el menor mal posible; temporalmente; para que Europa no pierda más su cuota de poder. Nos duela o no, así son las cosas.

Por Eduardo Antonio Rodriguez Armando

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