León XIV: ¿Reformista o Alquimista?
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León XIV: ¿Reformista o Alquimista?
Por Eduardo Antonio Rodriguez Armando
Pero, ¿quién es este hombre? Fue la pregunta que aconteció inmediatamente en mi mente al ver por televisión cuando la fumata blanca se asomó esta tarde sobre la Capilla Sixtina y un cardenal llamado Robert Prevost saludaba al mundo desde el balcón.
A primera vista, el nuevo Papa se mostraba algo distinto al promedio de cardenales papables: un hombre de contextura delgada, de piel bronceada y facciones poco europeas. Me pareció imponente, no por su altura, sino por su estampa aguerrida y gesto sereno. Pero lo que más me llamó la atención fue el nombre que escogió: León XIV. Por lo cual pensé inmediatamente en investigar quién fue el predecesor de este nombre, el Papa León XIII.
Gracias a que el internet ha globalizado y facilitado significativamente el acceso a la información, en brevísimo tiempo pude acceder tanto a la biografía del nuevo Papa como a la del Papa León XIII. Al leerlas, me di cuenta de que, por un lado, el recorrido del cardenal Prevost sugiere una continuidad con las reformas iniciadas por el Papa Francisco; y por otro, la elección de este nombre indica una referencia explícita al pontificado de León XIII.
León XIII fue el Papa que, en 1891, sacudió la conciencia de la Iglesia Católica con la encíclica Rerum Novarum: sobre la condición de los obreros, la cual es considerada el documento fundacional de la Doctrina Social de la Iglesia. Esta doctrina tiene como propósito extender la teoría moral católica a problemas concretos de alto impacto social, defendiendo los derechos de los trabajadores, reafirmando el derecho a la propiedad privada siempre con responsabilidad social, rechazando tanto el socialismo radical como el capitalismo extremo, promoviendo la intervención estatal en favor de los más vulnerables y apoyando la organización y formación sindical.
Lo relevante de este documento es que su publicación marcó el compromiso formal de la Iglesia con los problemas sociales de una época convulsa por la llegada de la Revolución Industrial, ya que incorporó al papado desde una posición crítica ante las estructuras de poder dominantes y comprometió a la Iglesia Católica en los debates sobre la justicia social de esa época.
Hay un refrán muy conocido en el Vaticano: "En Roma los símbolos hablan", entonces no tardé en encontrar el punto de intersección entre el legado del Papa León XIII y la agenda reformadora del Papa Francisco, que convergen en un nombre: el Papa León XIV.
Los datos que encontré indican que León XIII gobernó entre 1878 y 1903, un período de fuertes tensiones socioeconómicas. El Papa, cuyo nombre de nacimiento era Gioacchino Pecci, se vio rodeado de gobiernos anticlericales, fábricas de producción masiva y obreros que trabajaban en condiciones paupérrimas durante jornadas de más de quince horas.
Desde este contexto, pude entender la valentía del Papa León XIII al publicar la encíclica Rerum Novarum y desafiar a una aristocracia industrial que combatía y reprimía inclementemente cualquier forma de sindicalismo. En Rerum Novarum, el Papa León XIII defendió el derecho a la huelga, al salario justo y a la asociación obrera. Esta encíclica fue tan importante que, más allá de sentar las bases de la doctrina social católica, inspiró el pensamiento social de pontífices como Pío XI, Juan XXIII, Pablo VI y, claramente, del Papa Francisco.
El Papa Francisco, por su parte, retomó y profundizó estas bases publicando Laudato Si’, donde critica el modelo de desarrollo centrado en el beneficio económico sin responsabilidad ecológica o social. Luego, con la publicación de Praedicate Evangelium, Francisco reestructuró la Curia Romana para desmontar los privilegios y dar paso a una estructura más cercana y pastoral. Además, cerró cuentas de origen dudoso en el IOR (Instituto para las Obras de Religión), también conocido como Banco del Vaticano, y enfrentó sin titubeos a las mafias y redes de corrupción, incluyendo la destitución del cardenal Becciu en 2020. Pero lo más novedoso e inédito fue la publicación de los balances del Vaticano, otorgando por primera vez el libre acceso a los mismos.
Es precisamente en ese cruce entre la doctrina social y la reforma institucional donde emerge el Papa León XIV. Leyendo su biografía y su experiencia como agustino en el norte del Perú, vino a mi mente un refrán muy venezolano: "Es una lluvia que no moja, pero empapa". Me agradó que, independientemente de los riesgos que implica ser políticamente incorrecto, cerró conventos inviables, abrió casas de formación con financiamiento ajeno a los fondos de la Iglesia Católica e implantó programas de selección y verificación psicológica para seminaristas. Me pareció que el nuevo Papa se perfila como un líder religioso que sabrá administrar con rigor, pero también con cercanía y sentido pastoral.
Asimismo, los datos relativos a la escogencia del nombre “León XIV” no solo remiten a la doctrina Rerum Novarum, sino también a las habilidades diplomáticas de León XIII, quien supo tender puentes con gobiernos hostiles a la Iglesia y restablecer relaciones diplomáticas claves, como con el canciller Bismarck después del Kulturkampf, grave conflicto político y religioso entre el Estado alemán, liderado por el canciller Otto von Bismarck, y la Iglesia Católica, que tuvo lugar entre 1871 y 1887.
Hoy el panorama es aún más complejo: Ucrania, Tierra Santa, el Sahel, Nicaragua, Venezuela, Cuba, además de la pulseada silenciosa con Pekín y, esta semana, el conflicto entre India y Pakistán. Aquí la Santa Sede debería emerger como mediadora moral, pero tiene el reto de lograr un espacio significativo de poder para conciliar, dialogar y negociar sin quedar marginada por las grandes potencias.
El mayor obstáculo interno para León XIV será el mismo de sus predecesores: la resistencia dentro de la Iglesia. Si el Papa León XIV decide emular a su anterior referente, es de esperarse que cada una de las reformas que intente llevar a cabo arrastre su contrapeso.
Si opta por seguir la senda de León XIII y de Francisco, es previsible que cada reforma que intente enfrente crítica y oposición. Aunque Francisco ha preparado el terreno y logró conformar un colegio cardenalicio mucho más abierto al cambio, aún persiste una minoría significativa de cardenales y obispos conservadores que se aferran a modelos litúrgicos rígidos y estructuras tradicionales.
También es público y notorio que aún existen mafias que operan redes de intereses económicos orbitando alrededor del Vaticano. Por lo antes descrito, no me sorprendería que León XIV continúe fortaleciendo la transparencia financiera de la gestión de Francisco, nombrando caras nuevas y comisiones mixtas que incluyan laicos y mujeres en puestos relevantes de decisión financiera.
Asimismo, León XIV también tendrá que afrontar retos similares a los de León XIII, ahora vinculados a los avances tecnológicos. Al respecto, es previsible que deba abordar cuestiones como la ética de la inteligencia artificial o el derecho a la desconexión. Pero los desafíos van más allá de lo ético;
en el ámbito laboral, la situación es igualmente desafiante. La Organización Internacional del Trabajo estima que casi 300 millones de trabajadores de plataformas digitales carecen de protección social. Y no puede quedar exenta la cuestión del fenómeno migratorio, que sigue creciendo, con más de ocho millones de ucranianos desplazados y 7,7 millones de venezolanos fuera de su país.
Como si esto no fuera suficiente, León XIV tendrá que afrontar el descenso de vocaciones sacerdotales, especialmente en Europa, donde cae un 2,8 % anual. Por esto será crucial renovar los canales de comunicación de la Iglesia para adaptarlos a las nuevas tecnologías. En tal sentido, me parece sumamente interesante cómo va a resolver este asunto. Según la Pastoral Juvenil Mundial, el 78 % de los jóvenes creyentes entre 15 y 25 años consume contenido religioso en redes como TikTok o Instagram. Sin embargo, ya el Papa Francisco había pedido a los seminarios dar clases de comunicación digital; y hoy, producto de la pandemia y de los avances tecnológicos, vemos fenómenos como el del padre Guilherme, que oficia misas con música electrónica, y así ha logrado la atención de millones de jóvenes.
Si decide continuar la agenda de Francisco, deberíamos esperar innovaciones como monasterios abiertos a laicos para retiros de silencio frente a la ansiedad digital. Al respecto, ya hay proyectos piloto en Italia, México y en Venezuela (Los Teques y Abadía Benedictina de Güigüe), donde la idea es conjugar oración, terapia de desintoxicación tecnológica y acompañamiento psicológico.
Sin duda, hay incertidumbres. ¿Logrará neutralizar y vencer la resistencia de las mafias que aún mantienen espacios de influencia y poder? ¿Evitará que las tensiones geopolíticas arrastren a la Santa Sede a la irrelevancia? ¿Podrá tender puentes entre una mayoría de católicos que piden apertura y los que permanecen aferrados a la tradición?
Considero que no hay respuestas definitivas, pero la historia demuestra que, cuando un pontífice ha avanzado de manera firme, pausada y continua hacia objetivos claros, las reformas se vuelven irreversibles.
Desde esta lectura, muy personal, pienso que la semilla ya ha sido sembrada por el Papa Francisco. Lo que se perfila es una reforma silenciosa, constante y profunda, heredera de una doble inspiración: Francisco y León XIII, que hoy florece bajo la sotana del Papa León XIV.
Asimismo, creo que su pontificado parece orientado a abordar tres objetivos principales: continuar el saneamiento financiero, consolidar la política de tolerancia cero frente a los abusos sexuales y actualizar la doctrina social de la Iglesia para responder a los desafíos sociales, económicos y ecológicos del siglo XXI.
Más allá de estas prioridades, creo que León XIV será un Papa que retomará un proceso de acercamiento pastoral y diálogo profundo con las minorías, y también creo que impulsará la presencia de la Iglesia Católica en Latinoamérica. No es casual que haya concedido su primera conferencia de prensa extendida a medios hispanos, considerando que un tercio de los fieles católicos reside en América Latina.
Por lo antes mencionado, guardo la esperanza de que su servicio pastoral en Perú le haya permitido tomar conciencia de la gravedad de la situación política que padecen países como Venezuela, Nicaragua y Cuba. En especial de Venezuela, cuyo desplazamiento migratorio ha desestabilizado a la región y causado un rechazo generalizado en países como Chile, Ecuador y Perú.
En líneas generales, si mi interpretación es acertada, quizá dentro de algunas décadas no se hable de León XIV como el Papa reformista, sino como el Papa alquimista, un Papa que fue capaz de transmutar el pesado plomo de una época convulsa y manchada por escándalos en el oro de una Iglesia Católica purificada, renovada y comprometida con la justicia social. Una Iglesia que lleva adelante el ideal de León XIII, adaptado a la era digital y a los nuevos anhelos de inclusión que marcan nuestro tiempo.
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